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Taller de Lectura  USBI-VER

Las siete hijas de Eva.
Bryan Sykes
EDITDRIAL DEBATE
Traducción de Juan Manuel Ibeas

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Primera edición: noviembre 2001
Título original: The Seven Daughters of Eve — Bryan Sykes, 2001 — El testamento del legado español, César Díaz, 2001 ° De la traducción, Juan Manuel Ibeas, 2001 — De la versión castellana, Editorial Debate, S. A., 2001 O'Donnell, 19, 28009
Madrid I.S.B.N.: 84-8306-476-6 Depósito legal: B. 42.372 -2001 Diseño de la cubierta: J. M. García Costoso Compuesto en Lozano Faisano, S. L.
Impreso en A & M Grafic, S. L., Santa Perpetua de la Mogoda (Barcelona)
Impreso en España (Printed in Spain)

Sumario

AGRADECIMiENTOS 9
MAPA. LOCALIZACIÓN GEOGRÁFICA DE LAS HUAS DE EVA 12
PRÓLOGO 15
1. La pariente del Hombre de los Hielos encontrada en Dorset 17
2. ¿Qué es el ADN y para qué sirve? 35
3. De los grupos sanguíneos a los genes 45
4. Elmensajeroespecial 63
5. El zar y yo 73
6. El enigma del Pacífico 89
7. Los más grandes viajeros del mundo 105
8. Losprimeros europeos 117
9. El último neanderta1 125
10. Cazadores y agricultore 139
11. No nos ha hecho gracia 153
12. Habla el Hombre de Cheddar 175
13. Adán se incorpora a la partida. 191
14. Las siete hijas 201
15. Úrsula 207
16. Xenia 217
17. Helena 225
18. Velda 237
19. Tara 245
20. Katrine 253
21. Jasmine. 261
22. El mundo. 271
23. El sentido del yo 287
ÍNDICE DE MATERIAS 297


A mi madre


Agradecimientos

Este libro debe muchas cosas a mucha gente. No se les ocurra pensar que todo lo que aquí se dice que ha salido de mi laboratorio es trabajo exclusivamente mío. La ciencia moderna se basa en el trabajo en equipo, y yo he tenido la suerte de haber contado, a lo largo de los años, con algunas personas de mucho talento en mi equipo de investigación. Cada uno a su manera, todos ellos han contribuido a elaborar esta historia. En particular, quiero dar las gracias a Martin Ri chards, Vincent Macaulay, Kate Bendall, Kate Smalley, Jill Bailey, lsabelle Coulson, Eileen Hickey, Emilce Vega, Catherine Irven, Linda Ferguson, Andrew Lieboff, Jacob Low-Beer y Chris Tomkins. De la gente de Oxford, también tengo que dar las gracias a Robert Hedges, de la Unidad Aceleradora de Carbono Radiactivo, por darme el impulso para empezar todo esto, y a William James, que en su época fue miembro de casi todos los colegios de Oxford, por sus inspiradas sugerencias durante el proceso. Y de Londres, a Chris Stringer, del Museo de Historia Natural, por permitirme hacer agujeros en los fósiles que tenía a su cuidado. Le estoy muy agradecido a Clive Gamble por sus lecciones particulares sobre el mundo antiguo. También debo expresar mi especial agradecimiento al profesor sir David Weatherall, que no sólo toleró sino que llegó a fomentar la realización de investigaciones tan exóticas y aparentemente inútiles en su Instituto de Medicina Molecular de Oxford. También podría dar la impresión de que mi equipo de investigación es el único equipo del mundo dedicado a este tipo de trabajo. Desde luego que no lo es, y nada de esto habría sido posible sin los trabajos pioneros de, entre otros muchos, Luca Cavalli-Sforza, Alberto Piazza, Walter Bodmer, el difunto Allan Wilson, Svante Paabo, Mark Stoneking, Rebecca Cann, Douglas Wallace, Antonio Torro ni, Mark Jobling y Peter 'Vnderhill. Como verán más adelante, no todos estamos necesariamente de acuerdo en todo; pero sin ellos, y sin muchos otros como ellos, este viaje habría sido mucho más difícil y mucho más aburrido. Cuatro personas en particular han contribuido a llevar esta historia a la imprenta. La tranquila profesionalidad de mi editora, Sally Gaminara, y el contagioso entusiasmo de mi agente, Luigi Bonomi, me mantuvieron en marcha. Añádase a esto la minuciosidad de Gillian Brornley, mi editora de texto, y la paciencia de Julie Sheppard, que mecanografió mis garabatos, y pocos autores habrán contado con tanta ayuda. Estoy en deuda con los miles de voluntarios que me proporcio naron muestras de su ADN y así me permitieron sondear los secretos de su pasado genético. Sin ellos, no habría historia que contar. Algunos nombres se han cambiado para proteger el anonimato. En particular, quiero dar las gracias al gobierno y al pueblo de Rarotonga (islas Cook), que fueron extraordinariamente cooperativos, y a Malcolm Laxton-Blinkhorn, por su asombrosa hospitalidad durante mis estancias en esta deliciosa isla. y por último, gracias a Janis, Jay, Sue y mi hijo Richard, aunque por entonces este último sólo era un embrión, por acompañarme en el viaje.
B. S.




Prólogo

¿De dónde procedo yo?

¿Cuántas veces se ha hecho usted esa pregunta? Podemos saber quiénes fueron nuestros padres, e incluso nuestros abuelos; un poco más allá, la pista de casi todos nosotros empieza a perderse en la niebla. Pero cada uno de nosotros lleva un mensaje de sus antepasados en todas las células de su cuerpo. Está en nuestro ADN, el material genético que se transmite de una generación a otra. En el ADN no sólo están escritas nuestras historias individuales, sino la historia de toda la especie humana. Con la ayuda de los recientes avances de la tecnología genética, dicha historia se está empezando a revelar. Al fin somos capaces de empezar a descifrar los mensajes del pasado. Nuestro ADN no se deshace como un antiguo pergamino; no se oxida en la tierra como la espada de un guerrero muerto hace mucho tiempo; no lo erosionan el viento y la lluvia; no queda reducido a ruinas por incendios y terremotos. Es un viajero procedente de un país antiguo que vive dentro de todos nosotros.

Este libro trata de la historia del mundo revelada por la genética. Demuestra que la historia de nuestra especie, Homo sapiens, está registrada en los genes que permiten seguir nuestro linaje hasta el pasado remoto, mucho más allá del alcance de los registros escritos o las inscripciones en piedra. Estos genes cuentan una historia que comienza hace más de cien mil años, y cuyos últimos capítulos están ocultos dentro de las células de cada uno de nosotros. Es también mi propia historia. Como científico en ejercicio, he tenido la gran suerte de estar presente en el momento oportuno y poder tomar parte activa en este maravilloso viaje al pasado, que ahora es posible gracias a la genética moderna. He encontrado ADN en esqueletos de hace miles de años y he visto exactamente los mismos genes en mis amigos. y he descubierto con asombro que todos estamos emparentados por vía materna con un pequeño grupo de mujeres que vivieron hace decenas de miles de años.

En las páginas que siguen, me propongo guiarles a través de las emociones y las frustraciones de la investigación de vanguardia que es la base de estos descubrimientos. Aquí van a ver lo que realmente ocurre en un laboratorio de genética. Como cualquier otro sendero de la vida, la ciencia tiene sus altibajos, sus héroes y sus villanos.

 


La pariente del Hombre de los Hielos encontrada en Dorset



El jueves 19 de septiembre de 1991, Erika y Helmut Simon, dos experimentados alpinistas de Nuremberg (Alemania), se acercaban al final de sus vacaciones, que habían pasado haciendo senderismo en los Alpes italianos. La noche anterior habían hecho una parada no programada en un refugio de montaña, con la intención de bajar a la mañana siguiente hasta su coche. Pero era una mañana tan soleada que decidieron dedicarla a ascender al Finailspitze, de 3.516 metros. Cuando bajaban de regreso al refugio para recoger sus mochilas, se desviaron de la ruta marcada y se introdujeron en una hondonada parcialmente llena de hie1o a medio fundir. y del hielo sobresalía el cuerpo desnudo de un hombre.

Estos hallazgos macabros no son nada extraordinario en las alturas de los Alpes, y los Simon supusieron que se trataba del cadáver de un montañero que había caído en una grieta diez o veinte años atrás. Al día siguiente acudieron al lugar otros dos alpinistas, que se extrañaron de lo antiguo que era el diseño del pico que había junto al cadáver. A juzgar por el equipo, aquel accidente alpino había ocurrido hacía muchísimos años. Se avisó a la policía y, tras consultar los registros de montañeros desaparecidos, lo primero que se pensó fue que el cadáver podría ser el de Cárlo Capsoni, profesor de música de Verona, que había desaparecido en esa zona en 1941. Pero a los pocos días, todo el mundo empezó a darse cuenta de que aquella muerte no era nada moderna. El instrumento encontrado junto al cadáver no se parecía en nada a un moderno piolet; era mucho más semejante a un hacha prehistórica. y también se encontró en las proximidades un recipiente hecho de corteza de abedul. Poco a poco, fue cuajando la idea de que el cadáver no tenía decenas de años, ni siquiera siglos, sino miles de años de antigüedad. Se trataba de un hallazgo arqueológico de importancia internacional.

Los marchitos y desecados restos del Hombre de los Hielos, que es como se le empezó a llamar muy pronto, fueron trasladados al Instituto de Medicina Forense de Innsbruck (Austria), donde se guardaron congelados mientras se reunía un equipo internacional de científicos para llevar a cabo un minucioso examen de este hallazgo único en su género. Dado que mi equipo de investigación de Oxford había sido el primero en recuperar vestigios de ADN de antiguos huesos humanos, se me llamó para ver si podíamos encontrar algo de ADN en el Hombre de los Hielos. Fue precisamente la irresistible posibilidad de participar en descubrimientos tan apasionantes como este lo que me llevó a apartarme de mi carrera de genetista médico para introducirme en este nuevo campo de la ciencia, que algunos de mis colegas consideraban una diversión extravagante y excéntrica sin ninguna utilidad ni trascendencia.

Para entonces, la datación por carbono -la medición de la desintegración de los átomos de carbono naturalmente radiactivos que formaban parte de los restos- había confirmado la gran antigüedad del Hombre de los Hielos, situándola entre 5.000 y 5.350 años. Aunque eran mucho más antiguos que cualquiera de los restos humanos con los que yo había trabajado hasta entonces, me sentía muy optimista y pensaba que había bastantes posibilidades de éxito, porque el cuerpo había estado congelado en el hielo, a salvo de las fuerzas des tructoras del agua y el oxígeno, que lenta pero implacablemente destruyen el ADN. El material con el que teníamos que trabajar estaba metido en un tarrito con tapa de rosca, de los que se usan para las muestras de patología. Tenía un aspecto terriblemente poco interesante: una especie de masa grisácea. Cuando Martin Richards, que era entonces mi ayudante de investigación, y yo abrimos el tarro y empezamos a extraer el contenido con un par de pinzas, nos pareció que era una mezcla de piel y fragmentos de hueso. Aun así, y aunque no era muy agradable de mirar, no había señales evidentes de que hubiera empezado a descomponerse, y nos pusimos a la labor con entusiasmo y optimismo. y efectivamente, al regresar a nuestro laboratorio de Oxford y someter los pequeños fragmentos de hueso al proceso de extracción que había dado buenos resultados con otras muestras antiguas, encontramos ADN, y en abundancia.

A su debido tiempo, publicamos nuestros hallazgos en Science, la principal revista científica de los EE. UU .Para ser absolutamente sinceros, lo más destacable de nuestros resultados no fue el haber extraído ADN del cadáver -algo que, para entonces, era ya un proceso rutinario-, sino que habíamos encontrado en el Hombre de los Hielos exactamente la misma secuencia de ADN que un equipo independiente de Múnich. Los dos equipos habíamos demostrado que el ADN era claramente europeo, ya que habíamos encontrado la misma secuencia exacta en muestras de ADN de europeos vivos. Se podría pensar que esto no resulta tan sorprendente, pero existía una posibilidad real de que todo el episodio hubiera sido un gigantesco fraude, y que el cadáver fuera una momia sudamericana transportada en helicóptero y plantada en el hielo. El aire frío y sumamente seco del desierto de Atacama (sur del Perú y norte de Chile) ha conservado cientos de cuerpos completos, enterrados en tumbas poco profundas, y a un embaucador decidido no le habría resultado muy difícil hacerse con uno de ellos. Las condiciones de Europa, mucho más húmedas, reducen un cadáver a esqueleto con mucha rapidez, de modo que si esto era un fraude, el cadáver tendría que haber venido de alguna otra parte, y la más probable era América del Sur. Esto puede parecer traído por los pelos, pero ya se han dado casos de fraudes muy bien montados. Acuérdense del Hombre de Piltdown. Este infame fósil fue «descubierto» en una gravera de Sussex (Inglaterra) en 1912. Tenía una mandíbula inferior simiesca, unida a un cráneo mucho más humanoide, y fue aclamado como el tan buscado «eslabón perdido» entre los humanos y los simios antropoides (gorilas, chimpancés y orangutanes). Hasta 1953 no se descubrió que se trataba de un fraude, cuando el análisis del carbono radiactivo, la misma técnica que se utilizó tiempo después para determinar la edad del Hombre de los Hielos, demostró sin lugar a dudas que el cráneo de Piltdown era moderno. El embaucador, que nunca ha sido identificado, había juntado la mandíbula inferior de un orangután con un cráneo humano, y los había teñido por procedimientos químicos para que parecieran mucho más antiguos de lo que eran. La larga sombra del fraude de Piltdown todavía no se ha borrado por completo, y por eso la idea de que el Hombre de los Hielos pudiera ser un engaño estaba presente en la mente de todos.

Tras la publicación de nuestro informe científico sobre el Hombre de los Hielos aparecieron muchos reportajes en la prensa, y tuve que explicar cómo habíamos demostrado sus credenciales europeas.

De haber sido un fraude, el ADN lo habría puesto al descubierto. Su secuencia habría coincidido más con los sudamericanos que con los europeos. Pero fue Lois Rogers, del Sunday Times, quien planteó la pregunta crucial:

-Dice usted que han encontrado exactamente el mismo ADN en europeos modernos. ¿Puede decirme en quiénes? -preguntó en un tono que me indicó que esperaba que yo supiera la respuesta de inmediato. -¿Cómo que en quiénes? En nuestra colección de muestras de ADN de toda Europa.

-Sí, pero ¿quiénes son? -insistió Lois.

-No tengo ni idea. Las identidades de los donantes las archivamos en un archivo separado. y además, las muestras se donan siempre bajo un compromiso estricto de confidencialidad.

Cuando Lois colgó el teléfono, encendí mi ordenador para comprobar qué muestras coincidían con el ADN del Hombre de los Hielos. Una de ellas era la LAR 2803. El prefijo de la serie, «LAR», significaba que correspondía a alguien que trabajaba en ellaboratorio, o a algún visitante o amigo. Cuando miré el número en la base de datos que contenía los nombres de los voluntarios, me pareció increíble la suerte que había tenido. LAR 2803 era Marie Moseley, y LAR 2803 tenía exactamente el mismo ADN que el Hombre de los Hielos. Esto sólo podía significar una cosa: Marie era pariente del mismísimo Hombre de los Hielos. Por razones que explicaré con detalle en capítulos posteriores, tenía que existir una línea genética ininterrumpida entre Marie y la madre del Hombre de los Hielos, que se extendía a lo largo de más de cinco mil años y había quedado fielmente registrada en el ADN.

Marie es una amiga irlandesa, técnica administrativa de las afueras de Bournemouth (Dorset, sur de Inglaterra). Aunque no es científica, tiene una insaciable curiosidad por la genética y dos años antes había donado a la causa de la ciencia un par de mechones de su largo cabello rojo. Es locuaz, extrovertida y muy ingeniosa, y yo estaba seguro de que podría hacer frente a la publicidad. Cuando la llamé para preguntarle si le importaba que diera su nombre al Sunday Times, accedió al instante, y la siguiente edición publicó un reportaje sobre ella con el título «Pariente del Hombre de los Hielos encontrada en Dorset».

Durante unas cuantas semanas, Marie se convirtió en una celebridad internacional. De todos los titulares que se publicaron, el que más me gustó fue el del Irish Times. El periodista le preguntó a Marie si su célebre antepasado le había dejado alguna herencia. Sorprendida, Marie respondió que no, y el reportaje apareció con este título: «El Hombre de los Hielos deja en la indigencia a uno de los nuestros en Bournemouth.»

Una de las cosas más extrañas de esta historia, que al principio puede parecer sorprendente y por esta razón la cuento aquí, es que Marie empezó a sentir algo por el Hombre de los Hielos. Había visto fotografías de los traslados desde el glaciar al congelador y del congelador a la sala post mortem, fotos en las que le pinchaban, sondeaban, abrían y cortaban trozos. Para ella ya no era una simple curiosidad anónima cuya fotografía había aparecido en los periódicos y la televisión. Había empezado a pensar en él como una persona de verdad y como un familiar ...que es exactamente lo que era. Quedé fascinado por la sensación de conexión que Marie experimentaba entre ella y el Hombre de los Hielos. Empezó a ocurrírseme que si se podía conectar genéticamente a Marie con alguien que llevaba tanto tiempo muerto, miles de años antes de que existieran registros de algún tipo, lo mismo se podía hacer con cualquier otra persona. A lo mejor sólo teníamos que mirar a nuestro alrededor, a la gente que vive en la actualidad, para desentrañar los misterios del pasado. A casi todos mis amigos arqueólogos, esta idea les pareció completamente ajena a su modo de pensar. Se les había enseñado a creer que el pasado sólo se puede entender estudiando el pasado; la gente moderna no tiene ningún interés. Pero yo estaba seguro de que si el ADN se heredaba intacto a lo largo de cientos de generaciones y miles de años, como yo había demostrado al conectar a Marie con el Hombre de los Hielos, entonces los individuos que viven en la actualidad merecen la misma confianza como testigos del pasado que cualquier daga de bronce o fragmento de cerámica.

Me parecía absolutamente imprescindible ampliar mi investigación para incluir a personas modernas. Sólo cuando supiéramos mucho más sobre el ADN de los vivos podríamos aspirar a situar en algún contexto los resultados obtenidos con fósiles humanos. Así pues, me propuse descubrir lo más posible acerca del ADN de los europeos actuales, y de gente de otras muchas partes del mundo, sabiendo que lo que encontrara nos habría sido transmitido directamente por sus antepasados. El pasado está dentro de cada uno de nosotros. Las investigaciones que realicé durante la década siguiente han demostrado que casi todos los que viven actualmente en Europa pueden trazar una línea genética ininterrumpida, del mismo tipo que la que conecta a Marie con el Hombre de los Hielos, y remontarla hacia el pasado remoto, hasta una de sólo siete mujeres. Estas siete mujeres son las antepasadas maternas directas de prácticamente todos los 650 millones de europeos modernos. En cuanto les puse nombres -Úrsula, Xenia, Helena, Velda, Tara, Katrine y Jasmine-, cobraron vida de inmediato. Este libro cuenta cómo llegué a tan increíble conclusión, y lo que se sabe sobre las vidas de estas siete mujeres.

Sé que yo soy descendiente de Tara, y quiero saber más sobre ella y su vida. Siento que tengo algo en común con ella, más que lo que tengo con las otras. Por procedimientos que enseguida explicaré, fui capaz de calcular cuánto tiempo hace que vivieron las siete mujeres, y aproximadamente en qué zona. He conjeturado que Tara vivió en el norte de Italia hace unos 17.000 años. Europa estaba entonces sometida a los rigores del último Período Glacial, y las únicas partes del continente donde la vida humana era posible eran las del sur. En aquel tiempo, las colinas toscanas eran muy diferentes de lo que son ahora. No crecían vides; no había buganvillas decorando las casas rurales. Las laderas estaban cubiertas por densos bosques de pinos y abedules. En los arroyos había pequeñas truchas y cangrejos, que ayudaron a Tara a criar a su familia y aliviaban las punzadas del hambre cuando los hombres no conseguían cazar un ciervo o un jabalí. Cuando la Edad del Hielo aflojó su presa, los hijos de Tara se desplazaron siguiendo la costa hasta Francia, y allí se unieron a la gran horda de cazadores que seguía a la caza mayor a través de la tundra que era entonces el norte de Europa. Con el tiempo, los descendientes de Tara cruzaron la lengua de tierra que más tarde se convertiría en el Canal de la Mancha y llegaron a Irlanda, de cuyo antiguo reino celta ha tomado su nombre el clan de Tara.

Poco después de publicarse las conclusiones de mi investigación, la noticia de estas siete madres ancestrales empezó a aparecer en la prensa y televisión de todo el mundo. Los escritores y montadores de imágenes pusieron a trabajar su imaginación para encontrar análogos contemporáneos: Brigitte Bardot se convirtió en la reencarnación de Helena; Maria Callas en Úrsula; a la modelo Yasmin le Bon se la identificó, naturalmente, con Jasmine; Jennifer López se convirtió en Velda. Fue tanta la gente que nos llamó para averiguar de cuál de ellas descendía que tuvimos que abrir un sitio web para atender a las miles de peticiones. Nos habíamos tropezado con algo muy fundamental; algo que sólo estábamos empezando a entender.

Este libro cuenta la historia que hay detrás de esos descubrimientos y sus implicaciones para todos nosotros, no sólo en Europa sino en todo el mundo. Es la historia de nuestra herencia común y nuestros antepasados comunes. Nos lleva desde los Balcanes en la Primera Guerra Mundial hasta las lejanas islas del Pacífico Sur. Nos lleva desde el presente a los comienzos de la agricultura y aún más atrás, hasta nuestros antepasados que cazaban junto a los neandertales. Lo más asombroso es que todos llevamos esa historia en nuestros genes, pautas de ADN que se han transmitido hasta nosotros prácticamente inalteradas desde nuestros remotos antepasados, antepasados que ya no son sólo una entidad abstracta, sino personas reales que vivieron en condiciones muy diferentes de las que nosotros disfrutamos hoy, que lograron sobrevivir a ellas y criar a sus hijos. Nuestros genes estaban allí. Han llegado hasta nosotros a través de milenios. Han viajado por tierra y mar, cruzando montañas y bosques. Todos nosotros, desde el más poderoso al más débil, desde los fabulosamente ricos hasta los que viven en la miseria, llevamos en nuestras células a los supervivientes de aquellos fantásticos viajes: nuestros genes. Deberíamos sentirnos orgullosos de ellos.

Mi parte en esta historia comienza en el Instituto de Medicina Molecular de Oxford, donde soy profesor de genética. El Instituto forma parte de la Universidad de Oxford, aunque está geográfica y temperamentalmente muy lejos del arcano mundo de los claustros colegiales. Está lleno de médicos y científicos que se matan a trabajar aplicando las nuevas tecnologías de la genética y la biología molecular al campo de la medicina. Hay inmunólogos que intentan crear una vacuna contra el sida, oncólogos que buscan la manera de matar tumores cortándoles el suministro de sangre, hematólogos que se esfuerzan por curar las anemias hereditarias que matan a millones de personas cada año en los países en vías de desarrollo, microbiólogos que desentrañan los secretos de la meningitis, y muchos otros más. Es un lugar donde resulta apasionante trabajar. Yo pertenezco al Instituto porque antes trabajaba en enfermedades hereditarias del esqueleto, y en particular en un terrible trastorno llamado osteogénesis imperfecta, más conocido como enfermedad de los huesos quebradizos. Los niños nacidos con la forma más grave de esta enfermedad pueden tener los huesos tan frágiles que cuando respiran por primera vez se les fracturan todas las costillas, a consecuencia de lo cual se asfixian y mueren. Estábamos investigando la causa de esta trágica enfermedad y le habíamos seguido la pista hasta pequeños cambios ocurridos en los genes que codifican el colágeno. El colágeno es la proteína más importante y más abundante en los huesos, y forma en ellos una estructura de sostén muy similar a la de las barras de acero que refuerzan el hormigón armado. Parecía lógico pensar que si el colágeno fallaba debido a un defecto en el gen, los huesos serían frágiles. Durante esta investigación aprendimos mucho sobre las variaciones del colágeno y sus genes en la población general. y fue a causa de este trabajo como conocí en 1986 a Robert Hedges. Robert dirige el laboratorio de datación por carbono de muestras arqueológicas de Oxford. Había estado pensando en maneras de obtener más información de los huesos que pasaban por su laboratorio, aparte de la simple determinación de su edad por el método del carbono radiactivo. El colágeno es la principal proteína de los huesos, no sólo de los huesos vivos sino también de los muertos, y lo que se utiliza para datarlos es el carbono del colágeno superviviente. Robert se preguntaba si en estos fragmentos supervivientes de antiguo colágeno podría haber alguna información genética, así que entre él y yo presentamos un proyecto de investigación para estudiarlos. El colágeno, como toda proteína, está formado por unidades llamadas aminoácidos, ordenadas en una secuencia concreta. Como veremos en el siguiente capítulo, la secuencia de aminoácidos del colágeno -y dicho sea de paso, de todas las demás proteínas- está dictada por la secuencia de ADN de sus genes. Teníamos esperanzas de descubrir de un modo indirecto la secuencia de ADN de los antiguos genes del colágeno, determinando el orden de aminoácidos de los fragmentos de proteína que habían sobrevivido en los huesos antiguos de Robert. Pusimos varios anuncios solicitando ayudantes para la investigación, pero nadie respondió. Estábamos seguros de que si se hubiera tratado de un trabajo de genética normal, se habría producido una avalancha de candidatos, y atribuimos este nulo interés al carácter insólito del proyecto. Lamentablemente, pocos científicos están dispuestos a aventurarse fuera del campo principal de investigación en las primeras etapas de su carrera. Para nosotros, esta ausencia de reclutas significó que tuvimos que aplazar un año el comienzo del proyecto. Aunque en aquel momento nos resultó muy frustrante, el retraso resultó ser una bendición encubierta, porque antes de que el proyecto se pusiera en marcha nos llegaron noticias de un nuevo invento. Un científico norteamericano de California llamado Kary Mullis había ideado una manera de amplificar cantidades minúsculas de ADN -en condiciones ideales, tan minúsculas como una sola molécula- en un tubo de ensayo.

Una cálida noche de viernes, en 1983, Mullis iba conduciendo por la Autopista 101, a la orilla del mar. Según su relato de los hechos, «la noche estaba saturada de humedad y de aroma a castaños de Indias en flor». Mientras conducía, iba hablando con su novia, sentada a su lado, sobre algunas de las ideas que pensaba aplicar a su trabajo en una empresa local de biotecnología. Como todos los que trabajaban en ingeniería genética, estaba haciendo copias de ADN en tubos de ensayo. Era un proceso lento, porque las moléculas tenían que copiarse de una en una. El ADN es como una larga cuerda, y el copiado empezaba por un extremo y terminaba en el otro. Después había que volver a empezar por el principio para obtener otra copia. Estaba hablando en voz alta sobre esto cuando de pronto se dio cuenta de que si, en lugar de empezar a copiar sólo por un extremo, se empezaba por los dos extremos a la vez, se iniciaba una especie de reacción en cadena sostenible. Ya no sería preciso limitarse a hacer copias del original, sino que se podrían hacer copias de copias, duplicando el número en cada ciclo. Ahora, en lugar de obtener dos copias después de dos ciclos y tres copias después de tres ciclos, se podía duplicar el número de copias en cada ciclo, obteniendo dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro copias en seis ciclos, en lugar de una, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Al cabo de veinte ciclos, no se tendrían veinte copias, sino un millón. Fue un auténtico «momento eureka». Se volvió hacia su novia para ver su reacción. Se había quedado dormida.

Este invento, por el que Kary Mullis ganó merecidamente el premio Nobel de Química de 1993, revolucionó por completo la práctica de la genética. Ahora se podía obtener una cantidad ilimitada de ADN para trabajar, incluso del trocito de tejido más minúsculo. Con un solo pelo, incluso con una sola célula, bastaba para producir todo el ADN que uno pudiera desear. El efecto de la ocurrencia de Mullis sobre nuestro proyecto de los huesos consistió simplemente en que decidí prescindir de trabajar con la proteína colágeno, lo cual habría resultado espantosainente difícil, y utilizar la recién inventada reacción en cadena para amplificar lo que quedara, si es que quedaba algo, del ADN de los huesos antiguos. Si daba resultado, podríamos obtener muchísima más información del ADN que la que habríamos podido arrancarle al colágeno. Iríamos directamente a la secuencia del ADN, en lugar de inferirla de los aminoácidos. y otra cosa mucho más importante: podríamos estudiar cualquier gen, y no sólo los que codificaban el colágeno.

Por fin tuvimos una respuesta a nuestro anuncio solicitando ayudantes de investigación, y Erika Hagelberg se incorporó al equipo. Estaba claro que no íbamos a conseguir a nadie con experiencia previa en trabajos con ADN antiguo, porque era algo que no se había hecho nunca, pero el título de bioquímica de Erika, combinado con sus anteriores trabajos en homeopatía y en historia de la medicina, reflejaba una combinación de sólida formación científica e intereses eclécticos, muy adecuada para el proyecto. Además, era la única candidata. Ahora sólo necesitábamos unos cuantos huesos muy antiguos.

En 1988 nos llegaron noticias de una excavación que se estaba realizando en Abingdon, pocos kilómetros al sur de Oxford. Se iba a construir un nuevo supermercado, y las máquinas excavadoras habían topado con un cementerio medieval. Al servicio arqueológico local le habían dado dos meses para excavar en el lugar antes de que los constructores reanudaran su tarea, así que cuando Erika y yo llegamos allí aquello era un hervidero de actividad. Era un día de calor y mucho sol, y docenas de ayudantes de campo, con la ropa reducida al mínimo imprescindible, pululaban por todas partes, rascando la tierra con espátulas, hurgando en pozos profundos o vadeando trincheras llenas de agua. Había varios esqueletos a medio desenterrar, cubiertos de pegotes de tierra pardo-anaranjada y cruzados por una cuadrícula de cuerdas que formaban una plantilla de referencia. Cuando les echamos un primer vistazo, no nos parecieron nada prometedores. Habiendo trabajado con ADN durante varios años, había aprendido a tratarlo con respeto. Las muestras de ADN siempre se almacenaban congeladas a 70 °C bajo cero, y cada vez que sacabas ADN del con gelador se te insistía en que lo tuvieras metido en un cubo con hielo. Si te olvidabas de ello y el hielo se descongelaba, había que tirar el ADN, porque todo el mundo daba por supuesto que se habría degradado y destruido. Nadie imaginaba que pudiera durar más de unos minutos en la mesa de laboratorio a temperatura ambiente, y mucho, menos enterrado durante cientos o incluso miles de años.

No obstante, valía la pena intentarlo. Se nos permitió llevarnos tres fémures de la excavación. Al llegar al laboratorio, tuvimos que tomar dos decisiones: cómo extraer el ADN y qué parte de este elegir para la reacción de amplificación. La primera fue bastante fácil, Sabíamos que, de quedar algo de ADN en el hueso, probablemente estaría asociado a un mineral del hueso llamado hidroxiapatita. Anteriormente, este compuesto de calcio se había utilizado para absorber ADN durante el proceso de purificación, de modo que parecía bastante probable que en los huesos antiguos el ADN estuviera pegado a la hidroxiapatita. De ser este el caso, teníamos que pensar una manera de separar el ADN del calcio.

Cortamos pequeños segmentos de hueso con una sierra, los congelamos en nitrógeno líquido, los trituramos para reducirlos a polvo y después empapamos el polvo en una sustancia que absorbió poco a poco el calcio durante varios días. Afortunadamente, una vez eliminado todo el calcio, todavía quedaba algo en el fondo del tubo: una especie de fango gris. Supusimos que se trataba de los restos de colágeno y otras proteínas, fragmentos de células, tal vez un poco de grasa... y con suerte, unas cuantas moléculas de ADN. Decidimos librarnos de la proteína utilizando una enzima. Las enzimas son catalizadores biológicos, que hacen que las cosas ocurran mucho más deprisa que como ocurrirían sin ellas. Elegimos una enzima que digiere las proteínas, parecida a las que forman parte de los detergentes biológicos, que eliminan las manchas de sangre y de otros tipos por el mismo sistema. Después nos libramos de las grasas con cloroformo. Limpiamos lo que quedaba con fenol, un líquido nauseabundo que constituye la base del jabón carbólico. A pesar de que el fenol y el cloroformo son dos sustancias bastante brutales, sabíamos que no dañarían al ADN. Lo que quedó fue una cucharadita de fluido de color pardo claro que, al menos en teoría, debería contener el ADN, si es que quedaba algo. En el mejor de los casos, sólo habría unas pocas moléculas, así que antes de dar los siguientes pasos tendríamos que utilizar la nueva reacción de amplificación del ADN para aumentar el rendimiento.

La esencia de la reacción de amplificación consiste en adaptar el sistema que utilizan las células para copiar el ADN. Se introducen en el tubo las materias primas para la construcción de ADN. La primera es otra enzima, la que sirve para copiar el ADN; se llama polimerasa y es la que da nombre científico a la reacción: la reacción en cadena de la polimerasa o RCP en forma abreviada. A continuación, se añaden un par de fragmentos cortos de ADN, para dirigir a la polimerasa y hacer que vaya al segmento del ADN original que se quiere amplificar haciendo caso omiso de todo lo demás. Por último, se añaden a la mezcla las materias primas —las bases de nucleótidos¾ para construir nuevas moléculas de ADN, junto con unos cuantos ingredientes, como el magnesio, para ayudar al proceso. Y por su puesto, el material que se quiere amplificar: en nuestro caso, un extracto del hueso de Abingdon que contenía —o eso esperábamos¾ unas cuantas moléculas de ADN muy antiguo.

Después tuvimos que decidir qué gen íbamos a amplificar. Como sabíamos que no iba a haber mucho ADN en el extracto de hueso, si es que había algo, decidimos aumentar al máximo nuestras posibilidades eligiendo una cosa que se llama ADN mitocondrial. Elegimos el ADN mitocondrial por la sencilla razón de que las células tienen más de cien veces más cantidad de él que de cualquier otro gen. Como veremos, el ADN mitocondrial resultó tener propiedades especiales que lo hacen absolutamente idóneo para reconstruir el pasado. Pero al principio, nosotros lo elegimos simplemente porque había mucho más de este que de cualquier otro tipo de ADN. Si quedaba algo de ADN en los huesos de Abingdon, tendríamos muchas más posibilidades de encontrarlo si nos centrábamos en el ADN mitocondrial.

Así pues, metimos en el tubo todos los ingredientes necesarios para amplificar el ADN mitocondrial, más unas pocas gotas del precioso extracto de hueso. Para iniciar la reacción en el tubo de ensayo hay que hervirlo, enfriarlo, calentarlo durante un par de minutos; después, volverlo a hervir, enfriarlo, calentarlo... y seguir repitiendo este ciclo por lo menos veinte veces. Los laboratorios de genética modernos están llenos de máquinas para hacer esta reacción automáticamente. Pero los de entonces, no. Allá por los años ochenta, la única máquina que había en el mercado costaba una fortuna, y en nuestro presupuesto no había dinero para comprar una. La única manera de hacer la reacción era sentarse con un cronómetro delante de tres recipientes de agua, uno hirviendo, otro frío y otro caliente, y pasar a mano el tubo de ensayo de un baño a otro cada tres minutos. Y después, volverlo a hacer. Y otra vez. Y así durante tres horas y media. Yo sólo lo intenté una vez. La reacción no se producía y yo me moría de aburrimiento. Tenía que haber un modo mejor. ¿Y si utilizáramos una tetera eléctrica? Me pasé las tres semanas siguientes trasteando con cables, cronómetros, termostatos, relés, tubos de cobre, una válvula de lavadora y la tetera de mi casa. Al final tenía un aparato que hacía todo lo que había que hacer. Hervía; enfriaba (muy deprisa) cuando se abría la válvula de la lavadora, dejando entrar agua fría del grifo en el serpentín de tubo de cobre; y calentaba. Total, que funcionaba.

Estaba claro que nuestra máquina (que bautizamos como «Genes maid», en alusión al aparato para preparar té que las personas de cierta edad consideran un accesorio imprescindible del dormitorio) había conseguido poner en marcha la reacción de amplificación, no sólo en un experimento de control con ADN moderno, sino también, aunque muy débilmente, con el extracto de hueso de Abingdon. Comparando su secuencia con las publicadas en las revistas científicas, no tardamos mucho en demostrar que el ADN era indudablemente humano. Lo habíamos conseguido. Teníamos ante nuestros ojos el ADN de alguien que había muerto hace cientos de años. Era ADN resucitado literalmente de la tumba.

Ahora, mirando en retrospectiva, me cuesta creer que la investigación puesta en marcha por la recuperación del ADN de aquellos maltrechos huesos del cementerio de Abingdon, los huesos que tan poco prometedores me habían parecido cuando los vi por vez primera medio enterrados, me llevara en los años siguientes a tan profundas conclusiones sobre la historia y la esencia de nuestra especie. A medida que se desarrolle mi historia, verán ustedes que, como ocurre en casi toda investigación científica, este no fue un progreso sin fisuras hacia un objetivo bien definido. Fue más bien como una serie de pequeños saltos, en la que cada uno de ellos debía tanto a la oportunidad, las relaciones personales, las necesidades económicas e incluso las lesiones físicas, como a una estrategia racional. No había un camino trazado de antemano hacia el descubrimiento de las siete hijas de Eva. La investigación simplemente siguió avanzando poquito a poquito, casi siempre hacia delante, hacia el próximo objetivo borrosamente visible, sabiendo lo que había ocurrido antes pero sin saber lo que nos aguardaba.

En su momento, y aunque parezca extraño, si bien nuestros resultados constituían un gran triunfo, nosotros no lo sentíamos así. Creo que Eríka y yo estábamos demasiado absortos en los detalles para apreciar la importancia de lo que habíamos logrado Además por entonces no nos llevábamos demasiado bien La tensión se había ido acumulando durante semanas, porque, por alguna razón, parecía que Erika y yo no trabajábamos bien juntos. Hasta mucho después no empecé a darme cuenta de la trascendencia que podía tener nuestro trabajo, no sólo para la ciencia sino también para la historia popular. Pero aquello vendría después; por el momento, teníamos que atender cuestiones más apremiantes. Yo había oído rumores de que había otros equipos de investigación que también estaban buscando ADN en huesos antiguos. Esto significaba que teníamos que publicar nuestro trabajo con la máxima rapidez, pues de lo contrario corríamos auténtico peligro de que se nos adelantaran. Lo que cuenta en la ciencia no es ser el primero que hace un experimento, sino ser el primero en publicar los resultados. Si algún otro publicaba antes que nosotros, aunque sólo fuera un día antes, se llevaría todo el crédito. Afortunadamente, convencimos al director de la revista científica Nature de que imprimiera nuestro artículo en un tiempo récord, y se publicó antes de la Navidad de 1989.

Yo no estaba nada preparado para lo que ocurrió a continuación. Aunque mis anteriores investigaciones sobre la enfermedad de los huesos quebradizos habían sido comentadas de vez en cuando en la prensa local, e incluso una o dos veces en los periódicos nacionales, no se puede decir que sus resultados hubieran causado frenesí en los medios informativos. Así que fue una experiencia totalmente nueva llegar al trabajo al día siguiente y encontrarme que el teléfono no paraba de sonar, con llamadas de la prensa. Pocos años antes, yo había pasado tres meses en Londres como reportero de la ITN, que se encarga del servicio de noticias televisivas para los principales canales comerciales del Reino Unido. Esta actividad formaba parte de un bienintencionado plan de la Royal Society, ideado para tender un puente entre la ciencia y los medios de información. Lo que a mí me atraía del asunto eran los generosos honorarios, con los que esperaba cubrir mi déficit bancario. De hecho, acabé debiendo más dinero que al empezar, entre otras cosas por la cantidad de tiempo que pasé en bares y restaurantes con los profesionales pudientes. Una noche, por ejemplo, cometí la imprudencia de invitar a un trago a un famoso presentador. «Gracias, muchacho. Tomaré una botella de Bollinger», fue la respuesta del gran hombre. ¿Qué podía hacer yo, sino apechugar? Aun así, aunque fueron un desastre económico de proporciones considerables, aquellos pocos meses me enseñaron muchas cosas sobre los medios de información, entre ellas la manera de recortar mis respuestas a las preguntas de los periodistas, reduciéndolas a las frases simples que yo sabía que ellos deseaban.

Después de toda una mañana de responder preguntas acerca de nuestro artículo científico, empecé a aburrirme de explicar en una sola frase qué era el ADN, etc, etc. Cuando llamó el redactor científico del Observer el tedio ya se había apoderado de mí. Después de las preguntas rutinarias de rigor, me preguntó qué se podía hacer ahora que era posible recuperar el ADN de los restos arqueológicos. Le respondí que una de las posibilidades era verificar si los neandertales se habían extinguido o no. Una respuesta perfectamente razonable y, como más tarde se comprobó, una predicción acertada. Y a continuación, dejé caer: «Por supuesto, también seremos capaces de resolver cuestiones que han intrigado a los estudiosos durante siglos… como la de si Ramsés II fue un hombre o una mujer.» Que yo sepa, ni un solo estudioso ha considerado jamás la segunda posibilidad. Nadie ha tenido jamás la más mínima duda de que el gran faraón fue un hombre. Y sin embargo, el domingo siguiente, bajo un retrato del faraón, leí el siguiente pie: «El rey (o reina) Ramsés II.»

Muchos años después, tuve la suerte de ser invitado a la inauguración de la nueva galería de egiptología del Museo Británico de Londres. En la cena que tuvo lugar esa noche en la magnífica galería de esculturas egipcias, mi asiento estaba justo enfrente de la enorme estatua de granito de Ramsés, que me miraba fijamente con su intimidante mirada benigna y omnisciente. Supe al instante que se había enterado de mi broma y que las iba a pasar negras en la otra vida.

Uno de los aspectos más difíciles de la extracción de ADN de los huesos antiguos es que, a menos que pongas muchísimo cuidado, acabas amplificando ADN moderno, incluyendo el tuyo propio, en lugar del ADN del fósil. Aunque esté presente, el ADN antiguo está muy deteriorado. Los cambios químicos, casi todos provocados por el oxígeno, van alterando lentamente la estructura del ADN, que empieza a fragmentarse en trozos cada vez más pequeños. Si en la reacción se cuela algo de ADN moderno, aunque sea una partícula diminuta, las enzimas polimerasas encargadas de la copia, que no se enteran de que tú quieres amplificar los destartalados fragmentitos de ADN antiguo, concentran sus esfuerzos en el material moderno y reluciente y, como no saben hacer otra cosa, producen millones de copias de este. A ti te parece que la reacción ha sido un gran éxito. Metiste una gotita de extracto de ADN antiguo y ahora tienes montañas de ADN. Pero cuando lo analizas te das cuenta de que es tu propio ADN, y no el del fósil.

Aunque estábamos bastante seguros de que esto no nos había ocurrido con el hueso de Abingdon, pensamos que una manera de comprobarlo era extraer ADN de huesos antiguos de animales, y no de huesos humanos. Así sería muy fácil comprobar si habíamos amplificado ADN animal —que era lo que queríamos— o ADN humano, que sería un contaminante. La mejor y más abundante fuente de huesos animales antiguos que se nos ocurrió fueron los restos del Mary Rose. Este magnífico galeón se hundió en 1545 frente a Portsmouth, durante un enfrentamiento con la flota invasora francesa. Muy pocos tripulantes sobrevivieron. Durante más de cuatrocientos años, el buque hundido permaneció en el fango, bajo catorce metros de agua, hasta que fue rescatado en 1982, y ahora se exhibe en un museo del puerto de Portsmouth, donde se le sigue mojando con una solución de agua y anticongelante para evitar que su maderamen se pandee. Además de los esqueletos de los desdichados tripulantes, con el barco se recuperaron cientos de huesos de animales y peces. Cuando se hundió, el barco estaba lleno de provisiones, que incluían canales de vaca y cerdo y barriles de bacalao salado. Convencimos al conservador del museo de que nos cediera una costilla de cerdo para hacer la prueba. Dado que había pasado la mayor parte de su vida (de su vida después de la muerte, quiero decir) enterrada en el fango sin oxígeno del fondo del Solent, la costilla se encontraba en muy buenas condiciones, y conseguimos extraer de ella grandes cantidades de ADN sin muchos problemas. Lo analizamos, y no cabía duda de que todo era de cerdo y no había nada humano.

Si les cuento todo esto, no es para informarles de todos nuestros experimentos uno por uno, sino para explicar la reacción que provocó la publicación de los resultados. Más llamadas de teléfono y más titulares. Mi favorito es el del Independent on Sunday: «Gracias a un cerdo, el ADN se pone chuleta.» Esto iba a ser divertido.

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